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domingo, 28 de agosto de 2011

Y.....MAS....MAS......MAS

Hay algo que siempre me fascinó de la fotografía: la idea de “caja negra”. Cuando era chico todavía existían máquinas bastante primitivas que se abrían por medio de un fuelle y cuyo rollo se hacía correr a ojo, cuidando de no pasarse del numerito que aparecía al pasar el mismo por un diminuto agujerito que había en la puerta del cuerpo principal. Inclusive recuerdo una Zeiss Ikon de mi padre en la que se debía mirar desde arriba y por medio de un espejo en 45º se veía más o menos la imagen que queríamos capturar.

En los parques, en cambio, había unos señores que se metían adentro de una especie de bolsa negra y sacaban fotos con unos cajoncitos de lo más simpáticos y un poco misteriosos porque nadie sabía qué pasaba adentro. Todavía la mayor parte de las fotos eran en blanco y negro y solían entregarse copias chicas (no más de 5 x 5 cm) con un bordecito blanco cortado con piquitos, como las estampillas.

La fotografía tenía algo de mágico y no me extraña que los antiguos le tuvieran miedo y supusieran que les quitaba el alma. Realmente, representar un rostro en un papel va contra la naturaleza y tiene algo de robo. Al fin y al cabo, ¿Quién le da derecho al fotógrafo para poseer mi imagen, que es sólo mía? Otra cosa es el retratista porque no “captura” la imagen sino que la reelabora con colores y pinceles y como nunca le sale igual siempre la vamos a considerar una recreación, una obra que pertenece más al artista que al modelo, pero el fotógrafo no recrea, copia, hace algo idéntico con sólo apretar un botón. ¡Vamos! ¿con qué raras artes?

Claro, uno no sabía qué pasaba dentro del laboratorio, apenas si podía suponer que el proceso de creación de la imagen se daba en esa misteriosa caja oscura que el fotógrafo se esmeraba en mantener cerrada a todo trance. ¿Por qué? Si algo tiene que estar cerrado es porque oculta algo prohibido, y no hay nada más fascinante en el mundo que vulnerar prohibiciones y develar secretos.

Antes de seguir tenemos que hacer una aclaración. Robar el alma no está tan mal; todos los enamorados han sentido alguna vez que les han robado el alma y coincidimos en que es una sensación sublime. Lo que pasa es que una cosa es enamorarse y otra apretar un botón. Sí señor, la cosa no es que nos roben el alma si no el trabajo que se toman en robarla. Porque si el alma que nos roba el amor participa de lo más hermoso a que puede aspirar la condición humana, un alma robada así no más, con sólo apuntar y disparar, debe ser un alma de morondanga.

Todas estas reflexiones encuentran explicación en el cuarto oscuro. Allí, bajo una luz más que tenue, en un ambiente casi espectral, entre papeles envueltos en estuches negros, extraños elixires químicos y cubetas más propias del mago medieval que del científico moderno, en forma inexplicable, logramos que de la nada surja la imagen. Por generación espontánea, sin que nadie la pinte, sin que un espejo escondido simule una falsificación de la verdad. La imagen aparece, torpe al principio, rebelde a nuestros cálculos, con pretensiones de vida propia que recién la vamos a atrapar cuando se prenda la luz. Entonces la miramos, con cierto indisimulado orgullo: tal vez para los demás no sea hermosa, pero nosotros sabemos lo que hemos trabajado para que aparezca. Sea un pájaro, un ramo de flores, unos árboles deshojados o apenas una sombra diferente, le guste a quien le guste, nosotros sabemos cuánto nos costó. Sabemos que es el resultado de un proceso, de un trabajo, de mucho empeño puesto en ella, y a cada cuál, la suya le parece hermosa. La ha trabajado, la ha querido, la ha cuidado, ha estado protestando en el cuarto oscuro porque el rollo no entraba en el carrete, ha refunfuñado porque no era fácil determinar los 22º; ha estado pendiente del cronómetro para que el revelador no trabaje más de dos minutos, ha tirado a la basura varias pruebas porque tenían mucho tiempo de exposición, se ha decepcionado porque de todo el rollo apenas dos fotos parecían rescatables, y se ha esmerado en ser prolijo, en calcular justo los tres segundos, o cuatro, o cinco o los que la suerte dispusiera para que la copia coincidiera más o menos con el original. Y al final, después de tres días en el laboratorio, por fin salíamos con una foto, seguramente sólo una, a la que le habíamos dedicado toda nuestra atención; probablemente una foto cualquiera, acaso sólo una pared, un árbol o una gaviota, no importa, no; tampoco importa que fuera un blanco y negro que ni se animaba a ser blanco ni se animaba a ser negro, no importa, era “nuestra” foto. Y nos remitía al Principito, sí, al viejo y querido Principito (¿cuántos años tendrá ahora ese adorable niño? Dicen que Saint Exupéry lo encontró en 1938 y entonces andaría por los ¿nueve? No importa. Hay muy pocas cosas que realmente importan). …sigo: ¿qué dicía el principito? ¡Ah! Que la rosa era “tu” rosa porque la habías cuidado, no poru su belleza ni por sus espinas sino porque vos la habías cuidado. Y entonces eras responsable de tu rosa. ¿No pasa lo mismo con las fotos? No sé, yo todavía no llego a sentirlo pero me permito sospechar que Fernanda sí; que cada foto para ella tiene vida, o por lo menos tiene alma, y el alma no está en lo representado sino en lo que hicimos en la representación.

Me gusta. Es algo distinto, para mí nuevo. Pero tiene algo de cuento de hadas. La fotografía desafía a la razón, tal vez porque hay una caja negra en el medio, y en las cajas negras puede pasar de todo. En la caja negra está el misterio y está la develación del enigma; el resto es tramoya y decorado. Pero, pensándolo bien, todo lo que vale en esta vida pasa por una caja negra, llámesele alma, corazón, sensibilidad, amor, religión o lo que fuere; todos son espacios de oscuridad donde ocurren las cosas más maravillosas, esas que nunca nos van a pertenecer del todo porque tienen algo de magia, de irracionalidad, de absurdo. Algo de cuento narrado al calor del hogar, de antiguos recuerdos familiares, de momentos creativos, de pausas para el amor. ¿Existirá algún desmaravillador que lo pueda explicar? Si existe, mejor que se calle la boca y nunca aparezca por el taller, que lo que necesitamos no son explicaciones sino manos que puedan hacer surgir de la caja negra hilachas del bien, la verdad y la belleza.


Lucas Potenze

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