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martes, 3 de mayo de 2011

PRIMERAS CLASES DEL TALLER FOTOGRAFÍA EXPERIMENTAL

HISTORIA DE LA FOTOGRAFÍA

Los primeros pasos de la nueva imagen

En 1839 aparece una nueva imagen, que ensanchará considerablemente el campo de la representación y arrebatará al dibujo una parte importante de la iconografía, en especial el espacio documental y la ilustración. La fecha de su divulgación incluye la fotografía en la oleada de innovaciones y acontecimientos que, hacia 1840-1850, imprimirán a la vida económica un giro esencial.
Primera forma concreta del nuevo sistema iconográfico, la daguerrotipia perfila sus contornos, marca sus puntos de anclaje, fija lo que está en juego. Su inadecuación a las exigencias de la economía condena el procedimiento —pese a ser completo y rico en recursos— a abandonar la escena. Más rápida, menos costosa, tan precisa y más fácilmente multiplicable, la imagen engendrada por el proceso negativo-positivo sucederá sin trabajo a la placa plateada en el decenio de 1850.

El acontecimiento y sus corolarios

Louis Jacques Mandé Daguerre (1787-1851) representó el papel de un catalizador.
Pintor de dioramas conocido y hábil, familiarizado gracias a su arte con la cámara oscura, se obsesiona muy pronto con la idea de fijar la imagen de ésta. Hasta su asociación con Nicéphore Niépce, su ignorancia de las ciencias le hace extraviarse en ensayos que no son “apenas otra cosa que un objeto de pura curiosidad”.1 Otros dos nombres y tres fechas harán su fortuna. Jean Baptiste Dumas, químico de renombre, presente desde antes de 1833 en todas las instituciones científicas francesas,2 le aconsejó por lo menos en cuanto a la vía que le conduciría al éxito: en 1835, el revelado de la imagen latente por exposición de la placa a los vapores de mercurio —con una disminución considerable del tiempo de exposición— y, en 1837, el medio de fijar la imagen, sumergiendo la prueba en una solución de cloruro de sodio. El científico François Arago se interesa por la invención y se vale de su posición como secretario perpetuo de la Academia de Ciencias y como diputado para contribuir a su divulgación.3
En 1839, a cambio de una renta vitalicia concedida a Daguerre y a Isidore Niépce, sucesor de su padre en la asociación de 1829, el Estado se convierte en propietario de “un descubrimiento tan útil como inesperado”,4 a fin de “dotar con él liberalmente al mundo entero”.5 Llega entonces la consagración, sancionada a la vez por esta recompensa nacional, votada en el mes de julio, y por la revelación solemne del procedimiento al Instituto, el 19 de agosto, ante la Academia de ciencias y la Academia de Bellas Artes reunidas.6 Esta consecución, tan gloriosa como fructuosa, supone el coronamiento de la ambición, la habilidad, el don de gentes de Daguerre. La invención, cuyo desarrollo y divulgación ha proseguido tenazmente, se enriquece con las repercusiones provocadas en otras partes por la publicidad de las primeras revelaciones.7 La acritud de unos, candidatos frustrados al título de precursores, el entusiasmo de otros ante las posibilidades entrevistas arrancan de golpe la fotografía de la era de los balbuceos. En enero de 1839, William Henry Fox Talbot informa a Arago y a Jean Baptiste Biot, igualmente miembro de la Academia Francesa de Ciencias, de la antigüedad de sus investigaciones. El mismo mes, presenta a la Royal Photographic Society varios “dibujos fotogénicos”, además de pruebas negativas, con algunas copias, y expone las bases del sistema negativo-positivo en una comunicación por escrito. Teóricamente, un solo negativo puede proporcionar un número ilimitado de copias.8 También en Inglaterra, el astrónomo John Frederick William Herschel consigue, igualmente en enero de 1839, su primera fotografía y ofrece uno tras otro al nuevo procedimiento el hiposulfito de sosa, cuyo poder de fijación había descubierto en 1819, y la palabra “fotografía”, anotada en su cuaderno de laboratorio o empleada ante sus colegas de la Royal Society. Otros nombres se inscriben entre los precursores o los pioneros. El francés Hippolyte Bayard tiene la preeminencia.
Presentada en el recinto de las grandes corporaciones de Francia, en el Instituto y las Cámaras, comentada en los salones,9 la invención, llamada daguerrotipo por voluntad de Daguerre,10 se impone a todas las élites entre enero y julio de 1839. La emoción suscitada por las revelaciones del 19 de agosto es sin duda comparable al entusiasmo provocado en 1969 por el primer desembarco de los cosmonautas en la Luna.11 El acontecimiento parisiense se convierte, en aquel mismo año, en un fenómeno mundial.
La parte tomada por Daguerre en la propagación del procedimiento no es nada desdeñable. Organiza sesiones públicas de demostración en un salón del Ministerio del Interior y en el Conservatorio de Artes y Oficios. A partir de septiembre, publica un manual y hace que su cuñado, Alphonse Giroux, fabrique y ponga a la venta aparatos que llevan su marca. Ofrece daguerrotipos a los soberanos extranjeros y se entiende con futuros prosélitos, incluso con futuros agentes comerciales, como Louis Sachse en Berlín, Samuel F. B. Morse y François Gouraud en Nueva York, Miles Berry y Antoine Claudet en Londres. No obstante, la importancia de la invención era tan grande que no necesitaba realmente de Daguerre para imponerse y desarrollarse. Los periódicos provinciales y la prensa en plena expansión del mundo entero toman el relevo del Instituto y revelan por fin un secreto cuya existencia habían puesto ya de manifiesto, aquí y allá, algunas publicaciones. Algunas instituciones, entre ellas las sociedades científicas, y ciertos particulares, como los ópticos, extienden a su vez la noticia, que estaban mejor preparados o más inclinados a aceptar, ya fuese por curiosidad científica o por interés comercial. Los colegas de Charles Chevalier, por ejemplo Barthélemy Bianchi en Toulouse, Philippe en Montpellier, Gaiffe en Nancy, Bloch en Estrasburgo,12 o Théodore Dörffel en Berlín, efectúan los primeros daguerrotipos. De París a Moscú, de Londres a Nápoles, de Nueva York a Río de Janeiro, el daguerrotipo recibe una acogida entusiasta. Pero las circunstancias singulares de su introducción en cada país o las particularidades políticas de los Estados o provincias en cuestión modulan sus efectos.13 En Inglaterra, la patente presentada por Daguerre el 14 de agosto de 1839, con desprecio, si no de la letra, al menos del espíritu de la ley votada en Francia, limitará la expansión del procedimiento. Los aficionados, que en otras partes se apresuran a perfeccionar el método original, no serán aquí numerosos. En cuanto a la profesión, su desarrollo estará dominado por la rivalidad entre Antoine Claudet, en posesión de una licencia desde marzo de 1840, y Richard Beard, que compró la patente en junio de 1841.14 Será en los Estados Unidos donde el daguerrotipo seguirá una carrera más larga y más asombrosa. Tiene lugar en el momento en que el pueblo norteamericano se afirma en sus instituciones, su idioma y su literatura. La invención instala una imagen tan nueva como el propio país y saca provecho de la pasión de este último por la novedad y el progreso. Inventor del telégrafo, el pintor Samuel F. B. Morse es el primero en hablar de ella, en el mes de abril. En el mismo año, consigue algunos retratos y abre, en asociación con John William Draper, un estudio, donde se forman fotógrafos tan conocidos como Edward Anthony, Mathew B. Brady y Albert S.
Southworth. En diciembre de 1839 en Nueva York, en marzo de 1840 en Boston, François Gouraud expone placas realizadas por Daguerre o sus imitadores y hace demostraciones. El manual que publica en la primavera de 1840, con una instrucción sobre la manera de hacer el retrato, suscita nuevas iniciativas.15 A partir de 1841, cada ciudad cuenta con un estudio o recibe la visita de un fotógrafo ambulante.
La prehistoria de la fotografía comienza, pues, por una vuelta al mundo, que pone la invención al alcance de todas las curiosidades y de todas las prácticas. La litografía de Maurisset establece un excelente balance de ese viaje de iniciación, prototipo del periplo, siempre logrado, que se repetirá a cada innovación.

Una especificidad funcional
Los aficionados, entre los cuales figuran numerosos científicos, y los profesionales, dotados con frecuencia de una formación artística, se dedicarán sin tardanza a realizar las virtualidades que singularizan a este jovencísimo y último retoño de las artes y las ciencias.
Tal como era, el método propuesto por Daguerre no tenía ni la simplicidad ni la perfección prometidas por ciertas declaraciones anteriores a su divulgación, por lo que algunos se burlan de él.16 La toma daguerriana ofrece una representación invertida espejeante, pero admirablemente precisa, si el sujeto se presta a posar durante un tiempo que varía de tres a treinta minutos, según la luminosidad. Da un positivo directo y, por consiguiente único. La imagen queda fijada, pero el menor roce la estropea, puesto que la capa impresionada es tenue. La aplicación inmediata al retrato resulta consternadora. La placa refleja caras de atormentados.17 En cuanto a la fotografía al aire libre, lo menos que puede decirse es que resulta muy incómoda. El equipo pesa cincuenta kilos. Todas las operaciones de sensibilización, revelado y fijación han de realizarse en el mismo lugar.
En 1840, Louis Fizeau confiere a la imagen belleza y solidez gracias al viraje mediante cloruro áurico. En 1841, las placas se hacen más sensibles mediante el empleo de las sustancias aceleradoras preconizadas por Antoine Claudet, John Frederick Goddard o Franz Kratochwila, iniciadores en la materia. A partir de 1840, no son menores los progresos en óptica, obra de Alexandre S. Wolcott y Henry Fitz, de Josef Max Petzval y P. W. Friedrich Voigtländer. La placa recibe más luz, la imagen no aparece ya invertida. En 1839, la cámara plegable de fuelle, del barón Pierre Armand Séguier, rebaja el peso del material completo a dieciocho kilos. Charles Chevalier y N. M. P. Lerebours proponen en París aparatos más manejables, adaptando los modelos y los precios a la naturaleza de la toma —paisajes o retratos— y al tamaño de la placa utilizada.18
En 1843, el tiempo de exposición varía de un segundo a dos minutos, según el estado del cielo y el formato del daguerrotipo. Así queda ganada la causa del retrato y, 15 François Gouraud, A description of the Dagerreotype Process or a Summary of M. Gouraud’s Publi Lectures According to the Principle of M. Daguerre, Boston, 1840. en cierto sentido, se asegura el porvenir de la fotografía, ya que esta aplicación comercial enraíza en la sociedad el nuevo sistema de representación.
Los investigadores se consagran con el mismo ardor al problema de la multiplicación de las pruebas, que el proceso elaborado por Daguerre elimina a priori. En este sentido, el daguerrotipo se encuentra en retraso con respecto al procedimiento de Niépce. Es inferior a las artes del dibujo, el grabado y, sobre todo, la litografía, cuya invención precedió por poco a la de la fotografía. Alfred Donné en París, Joseph Berrès en Viena y Jacoby en San Petersburgo proceden a ensayos en 1839 y 1840, con vistas a transformar la placa en plancha grabada o fabricar facsímiles por electrólisis.19 Alphonse Louis Poitevin (1819-1882), que desarrollará magníficamente este aspecto de la invención de Niépce olvidado por Daguerre, sigue el mismo camino.20 Louis Fizeau, sobre todo, obtiene entre 1841 y 1844 resultados tan prometedores que se puede considerar la cuestión como resuelta. En menos de un lustro, la daguerrotipia se ha convertido en un procedimiento virtualmente completo, al que parece esperar un buen porvenir. Sin embargo, sus años están contados.
En efecto, la vía abierta por Talbot conduce a soluciones que no sólo satisfarán más tarde las exigencias de instantaneidad, inalterabilidad y reproducibilidad, sino que constituirán muy pronto los elementos de una estrategia comercial mucho más interesante, ya que el precio de la imagen sobre placa de cobre recubierta de plata es todavía demasiado alto.
El 8 de febrero de 1841, al presentar una patente del procedimiento al que da el nombre de “calotipo” (en griego, “bella imagen”), Talbot lanza oficialmente el procedimiento negativo-positivo. El descubrimiento, realizado en septiembre de 1840, del fenómeno de la imagen latente le procura el medio de reducir el tiempo de
exposición a una duración lo suficientemente corta para pensar en una aplicación comercial. No es el único. Hippolyte Bayard (1801-1887) ofrece el ejemplo raro de un autodidacta que, ante el simple anuncio de un resultado, recorre en unos meses los itinerarios trazados por Daguerre y Talbot, aunque sin conseguir pesar realmente sobre la evolución de la fotografía. En febrero de 1839, obtiene imágenes negativas sobre papel; luego, en marzo, imágenes positivas directas. En octubre, produce, siempre sobre papel, negativos tratados por desarrollo de la imagen latente. Los esfuerzos del inventor para atraer la atención sobre sus trabajos, especialmente exponiendo treinta pruebas en París, el 24 de junio de 1839, obtienen poco éxito. Informado sobre sus experiencias en el mes de mayo, Arago no le alienta apenas, sin duda por temor a verse envuelto en dos aventuras a la vez, la promoción del daguerrotipo y el lanzamiento de un método original diferente. La Academia de Bellas Artes es prácticamente la única en comprender el interés y el valor estético que presenta el nuevo procedimiento.21
En efecto, en Francia se practica poco el calotipo, y sus progresos son muy lentos debidos a la divulgación incompleta. En Inglaterra, se opone a ellos la obstinación interesada de Talbot, que hasta 1852 no autoriza su explotación más que a los poseedores de una licencia. Sin embargo, las “preciosas facultades” reconocidas a las pruebas sobre papel, “a causa de la facilidad de su transporte y su manejo y, sobre todo, por su notable aptitud para recibir los colores”,22 la posibilidad de retocarlas y su costo,más bajo que el de los daguerrotipos, suscitan alrededor de 1847 investigaciones determinantes para el porvenir de la fotografía. Por una sucesión de perfeccionamientos que recaen esencialmente sobre el negativo —de 1844 a 1847— y por un
encadenamiento de otras mejoras relativas al positivo —de 1847 a 1851—, Louis Desiré Blanquart-Évrard (1802-1872) da un impulso decisivo a la imagen sobre papel e impone la lógica de un método que permite obtener con un solo cliché centenares de pruebas positivas. Precisamente en 1847, al publicar su procedimiento negativo sobre espejo albuminado, Claude Félix Abel Niépce de Saint-Victor (1805-1870), sobrino de Niépce, despoja al daguerrotipo de una última superioridad, esas “finezas exquisitas”23 de la imagen que la transparencia del cristal proporcionará en adelante casi con la misma precisión.
La placa argentada prosigue su carrera comercial, pero la unanimidad ha desertado de su campo. Los ensayos relativos ya sea a las manipulaciones, ya sea a la pasta destinada a retener las sales de plata del negativo en las superficies del soporte, conducen directamente al procedimiento del colodión, que eliminará la daguerrotipia en el curso de los años 1850. Ahora bien, la imagen positiva directa no desaparecerá jamás, bien por una razón técnica, bien porque el atractivo de lo inmediato compensa el inconveniente de la unicidad. Se le llamará ambrotipo, ferrotipo, autocromo y, hoy en día, diapositiva y polaroid.

La institucionalización
La fotografía inicia entonces el camino que la elevará al rango de componente esencial de la civilización moderna. La lengua refleja inmediatamente esta empresa naciente. La competencia que se hacen durante varios años las palabras “daguerrotipo”, “fotografía”, “heliografía”, a menudo para designar la misma cosa, augura la complejidad del nuevo vocabulario, en parte forjado, en parte formado por términos ya existentes, pero admitidos a veces en una acepción distinta.24 Una profesión nueva se organiza en torno a un espacio cerrado —el estudio—, resultante de una necesidad sociológica, el retrato, de una restricción técnica, la necesidad de posar, y de un modelo cultural, el estudio del pintor. Al lado de las firmas que surgen en los demás sectores de la economía, el estudio del fotógrafo es, por el momento, una empresa minúscula, aunque los establecimientos de Claudet en Londres y de Brady en Nueva York, a principios de los años 1850, anuncian ya el esplendor de los templos de la fotografía, que emplearán hasta a cien personas. Pero en este campo, será en seguida, y lo seguirá siendo durante medio siglo, la unidad básica de producción, el pivote del éxito económico.
La creación de un estudio está vinculada a la presencia de una clientela potencial, prenda de una ganancia suficiente y estable, precoz en las metrópolis y las grandes aglomeraciones de Occidente (a partir de 1840 o 1841), más tardía en las otras ciudades.
El aprovisionamiento del daguerrotipista en productos y materiales diversos incrementa el número de proveedores o estimula su comercio. Las rúbricas abiertas en los anuarios París, 1893 (tomado de las Actas del Coloquio del Celex, París, ENS, 25-26 de noviembre de 1983. permite seguir el significativo movimiento ascendente de la profesión. En París, los estudios de retratos pasan de doce en 1844 a cincuenta y cuatro en 1851.25
En los lugares en que no se instala el estudio, por lo menos de momento, surge el fotógrafo ambulante, que se entrega a una actividad de temporada. Por ejemplo, Coeulte, de origen parisién, pasa por Nancy casi todos los años entre 1843 y 1847 y, de nuevo, en 1853 y 1854. Johan Baptist Isenring recorre el sur de Alemania y el norte de Suiza, con un furgón que le sirve de domicilio, de estudio y de laboratorio. En Norteamérica, Cyrus Macaire, que ejercerá más tarde en Le Havre, trabaja en 1841 en los estados del Sur. Otros fotógrafos acechan las concentraciones momentáneas de gente. Son los feriantes, como ese Vincent que anuncia en 1850 en el periódico local su presencia en el campo de la feria para sacar “retratos al daguerrotipo por dos francos”.26
Uno se convierte en fotógrafo por azar o por necesidad, continúa siéndolo por gusto, se gana uno la vida mediocremente en su nueva condición, con tanta frecuencia como se enriquece. También se arruina uno. Un gran número de los que eligen el oficio han ejercido primero una profesión artística, como el estrasburgués Charles Winter, que había sido litógrafo o, en Londres, el calotipista efímero Henry Collen, antes miniaturista. A decir verdad, vienen de todos los horizontes. En los Estados Unidos, por ejemplo, Edward Anthony fue primero ingeniero, Robert Cornelius fabricante de pantallas, Jeremiah Gurney relojero y Alexandre Wolcott dentista. Con frecuencia, no existe más realidad social durable que la traducida en datos jurídicos y debatida ante los tribunales. La fotografía requiere muy pronto la atención de los jueces, a causa de las denuncias de Beard o Talbot, defensores acérrimos de los derechos de sus patentes. Otros pleitos se incuban bajo la sesentena de patentes depositadas entre 1839 y 1851.
La literatura técnica adquiere un nuevo campo. La compilación de Daguerre fue objeto en dieciocho meses de por lo menos treinta y nueve ediciones y ocho traducciones. En menos de seis meses, se vendieron nueve mil ejemplares.27 El número de manuales aumenta cada año. Entre 1841 y 1846, aparecen cinco ediciones del tratado de Lerebours. No ha llegado todavía el tiempo de las revistas especializadas. La primera publicación dedicada a la fotografía se pone a la venta en Nueva York en noviembre de 1850, con el título The Daguerreian Journal. Pero la prensa se muestra acogedora y las sociedades científicas dan cuenta de las comunicaciones que se les envían.
Las diatribas de algunos caricaturistas y cronistas a expensas de los “daguerrotipófilos”28 o los “daguerrofulleros”29 ponen de relieve los gérmenes y los argumentos de un conflicto futuro entre el arte y la fotografía. “Los artistas verdaderamente originales, lejos de salir perjudicados, deberán a la nueva invención recursos inesperados y cobrarán un nuevo impulso. La gente del oficio, los mecánicos, como se decía antiguamente, serán abatidos.”30 Los miniaturistas y los grabadores de reproducciones se ponen a la cabeza de los que se sienten justamente amenazados. En contraposición, la toma de conciencia del hecho fotográfico suscita la creación entre los aficionados, en Viena en 1840, en Londres en 1847, en Roma en 1848, de algunos círculos efímeros, preludio de las asociaciones que, a partir del decenio siguiente, constituirán una de las columnas del nuevo sistema iconográfico.
Las exposiciones dedicadas a las artes tradicionales y a los productos de la industria ofrecen aquí y allá otra escapada hacia la nueva imagen. En París, cerca de mil placas son admitidas en 1844 en el Palacio de la Industria, dentro de la sección de productos químicos; en 1849, la fotografía sobre papel hace su aparición en él, junto a la imagen daguerriana.31

Producción y creación
Esta propagación de la fotografía a través del cuerpo social está asegurada en primer lugar por las propias pruebas, con mayor eficacia todavía porque la elaboración de la mayoría de ellas exige la presencia física del comanditario. “¿El daguerrotipo hace el retrato?”, se habían preguntado varios pares y diputados cuando Arago y Gay-Lussac presentaron sus informes en 1839.32 Esta exigencia frente a un procedimiento todavía inapto para la grabación del movimiento será uno de los resortes esenciales del progreso de la invención. Precedido por ensayos poco satisfactorios, el año 1841 señala el punto de partida de una producción que constituye la parte principal del repertorio fotográfico durante el siglo XIX. Ese año, en Francia se realizarán mil quinientos retratos. A razón de cinco o seis clientes diarios, Claudet entrega más de mil ochocientas placas entre junio de 1841 y julio de 1842.33 Las cifras presentadas por los parisienses Vaillat y Derussy entre 1846 y 1849 resultan elocuentes: dos mil retratos al año para el primero, tres mil para el segundo.34 Por muy artesanas que parezcan en comparación con el desarrollo permitido ulteriormente por la pareja negativo-positivo, esas cifras diferencian la fotografía de las artes del dibujo, situándola ya en un marco preindustrial. Se esbozan proyectos en los que ningún dibujante hubiera podido pensar razonablemente con anterioridad. Es precisamente la amplitud de la tarea exigida para pintar una asamblea de más de cuatrocientos miembros lo que decide a David Octavius Hill, pintor paisajista, a acudir en 1843 a Robert Adamson, ya iniciado en la fotografía sobre papel, y a pedirle que fije los rasgos de los participantes. Su asociación durará hasta 1847, dando lugar a la realización de unos mil ochocientos calotipos.
El precio relativamente elevado de la placa y su unicidad, que impide rebajar el costo multiplicándola, frenan la expansión de la nueva imagen, pero no comprometen su éxito. En los primeros tiempos de la invención, un daguerrotipo cuesta de quince a veinte francos; diez años más tarde, según los formatos, los retoques y la presentación, de dos a veinte francos. En aquella época, el salario diario de un trabajador manual oscila entre los 2,50 y los cuatro francos. Profundamente impregnado del modus operandi del dibujo, el conjunto del público no capta la naturaleza del acto fotográfico y, cuando no ve en él algo mágico, manifiesta una extrañeza cuya ingenuidad hace las delicias de los humoristas y los estudiosos.35
La fotografía alienta el gusto por los viajes, reflejado y mantenido dese muchos años atrás por la literatura y la litografía. Las tierras descubiertas en otros tiempos por la caravana y la carabela son exploradas de nuevo por el aparato fotográfico, que fija con una exactitud sin igual los paisajes, los panoramas, los monumentos. Así ocurre en los periplos de Joseph Philibert Girault de Prangey, de 1841 a 1844, y de Jules Itier, de 1843 a 1846, que se traen cada uno un millar de placas de los países visitados: el Oriente Próximo por parte del primero, China sobre todo por parte del segundo, Egipto por parte de ambos.36 La curiosidad del público frente a las vistas topográficas no deja indiferente a los profesionales. William y Frederick Langhenheim se hacen una excelente publicidad realizando, en julio de 1845, un panorama de las cataratas del Niágara, compuesto por cinco placas y reproducido ocho veces para regalarlo a otros tantos soberanos.
A falta de un método de multiplicación de la imagen exclusivo de la fotografía, la conquista de tal mercado tiene que pasar por el recurso al grabado. Entre 1842 y 1844, Lerebours publica por entregas, con el título de Excursiones daguerrianas, ciento doce vistas, en su mayoría de acuatinta, grabadas a partir de daguerrotipos.37 Sacrificando la autenticidad fotográfica a lo pintoresco, los grabadores añaden diversos elementos, nubes, paseantes, carruajes, que las placas, mediocremente sensibles, no eran capaces de retener.
Dentro de la competencia establecida entre los dos sistemas iconográficos, esta obra tiene, por lo tanto, un valor de balance provisional. Su ajuste formal a las artes del dibujo afirma la superioridad de un sistema milenario, al que la invención divulgada en 1839 no roba más que la exclusividad. Sin embargo, se incluyen en ella tres planchas grabadas por el procedimiento Fizeau, que recuerdan la existencia de un principio establecido por Niépce y cuyo perfeccionamiento hará pasar, unos decenios más tarde, toda la ilustración al campo de la fotografía, asegurando desde entonces a esta última el casi monopolio de la iconografía. Estas primicias del reinado de los procedimientos fotomecánicos son el fruto de una aspiración a la imagen múltiple, que la instauración del proceso negativo-positivo va a reactivar y, al principio, intentar satisfacer directamente. Talbot crea en 1843, en Reading, un establecimiento de tiraje, del que saldrán durante tres años las obras más antiguas entre las ilustradas con fotografías originales, entre ellas el famoso Pencil of Nature.38
Ampliamente introducida en la sociedad gracias al retrato, captando mediante la vista topográfica la atención de un público culto, la fotografía es acogida con interés por los científicos, que la ven como un medio de investigación, aunque la empleen todavía muy poco. En efecto, el espejeo de la imagen y las dimensiones reducidas de la placa disminuyen la legibilidad del documento. No obstante, no faltan ejemplos de una utilización científica. La serie de microfotografías obtenidas en 1844 por Léon Foucault y que sirvieron para la ilustración grabada del Curso de microscopía de Alfred Donné constituye un primer paso en la exploración de un mundo invisible a simple vista.
En el seno de la especificidd funcional de la fotografía reposan los fermentos de otra especificidad, estética en este caso. Absortos en los problemas técnicos, los practicantes de la misma la ignoran. En el estudio, elaboran lo que transmitirán a sus sucesores, un ritual en que se combinan las astucias prácticas con elementos de escenografía pictórica, de la que está impregnada su mente. Sus manuales dan las recetas y no razonan sobre la fotografía más que en términos de utilidad. La pose exigida por la lentitud del procedimiento invita a la composición, exaltada por las artes del dibujo. John Jabez Edwin Mayall realiza así varias placas ilustrando el Padrenuestro o poemas de Campbell. La obra ejecutada de 1843 a 1862 en el estudio de Albert Sands Southworth y Josiah Johnson Haews, en Boston, resulta a causa de ello todavía más extraordinaria. A través de una técnica perfecta, representa la quintaesencia del daguerrotipo, con una intuición rara del instante, un empleo dinámico de la luz. Toda América, con su vigor, con su inmensidad, se encarna en muchos de esos retratos, que desbordan de fuerza.
Con el daguerrotipo, tal como se practica ordinariamente, la fotografía aparece únicamente como la invención de una técnica de registro de la realidad. Con el calotipo, pone las bases de una estética original o, por lo menos, deja entrever su posibilidad. Los que la juzgan entonces concuerdan en reconocer que la materia del papel acariciada por la luz engendra una imagen más sutil que la representación, muy seca a causa de su misma precisión, de la placa daguerriana. Todavía aleatoria debido a la textura defectuosa del soporte y a la complejidad de las manipulaciones, la fotografía sobre papel será poco practicada, y raras veces con asiduidad, antes de 1851. Talbot, Bayard y algunos aficionados, entre ellos Victor Regnault, dan testimonio de los recursos expresivos y de la fuerza emotiva del nuevo arte. La soltura de las poses, la inteligencia de la luz, la pertinencia del espacio observadas en el magnífico conjunto dejado por Hill y Adamson afirman ese poder creador del que puede disponer en el instante de la toma y en el pasaje de la imagen negativa a la prueba positiva del fotógrafo dotado de imaginación y seguro de sus medios.

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